Cinematografía y música casi siempre han ido unidas de la mano. Y es que, a excepción de lo que pasaba en primeras cintas como “Viaje a la Luna”, ópera prima de ciencia ficción steampunk, de Georges Méliès, en las que el sonido era totalmente residual, las producciones han ido acogiendo bandas sonoras míticas que ya guardan un rincón en la memoria de la sociedad.

El compositor de bandas sonoras más laureado ha sido John Williams (“Star Wars”, “Tiburón”, “La lista de Schindler”), nominado en más de cuarenta ocasiones a los Oscar. Por detrás, le siguen Ennio Morricone (“La Misión”) o Hans Zimmer (“El caballero oscuro”, “Origen”), entre otros. Sin estos y otros compositores, la gran pantalla hubiera quedado desprovista de una pieza fundamental de su desarrollo. El remake de Mad Max, por ejemplo, no sería lo mismo sin los riffs de “The Doof Warrior” –doof es un término australiano que hace referencia a una modalidad trance psicodélica de baile, asociado a las raves-, interpretado por el músico iOTA. Ni tampoco el arriesgado viaje de La Comunidad del anillo, el cual se haría un poco indigestible de no ser por la megalómana obra de Howard Shore.

Pero el mundo de las bandas sonoras compuestas por mujeres cambia totalmente. Ellas, aunque hayan sido autoras de grandes e inolvidables obras, aún están en la segunda fila del reconocimiento. Tal es el caso de Rachel Portman, ganadora de un Oscar en 1996 por “Emma”, o Anne Dudley. Portman es la compositora, nada más y nada menos, de partituras como “The Full Monty” o “American History X”. Es evidente que la calidad de las bandas sonoras que llevan firmas femeninas no es inferior, sino que la música compuesta por mujeres para la gran pantalla se enfrenta a más barreras, en cuanto a visibilidad, que las habidas en las composiciones de los hombres.

Aun con este sesgo negativo, las bandas sonoras tienen un mundo abierto de miles de posibilidades para sorprender al más enfático cinéfilo. Y esas bandas sonoras, compuestas por hombres o mujeres, siempre dejarán al espectador un recuerdo a música en el borde de la memoria cinematográfica, al igual que lo hicieron las tétricas notas de Nino Rota en  “El Padrino” (1972).

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