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Oreina, el ciervo vigilante

Oreina, el ciervo vigilante

Taxidermia. Un cuerpo que está sin nada dentro, paja y poco más. La presencia que no es presencia. Un ciervo que vigila a dos hermanos. Dos hermanos que ya no hablan, inmersos cada uno en su hábitat particular. Uno, lo salvaje, la marisma, el pasado hosco. Otro, lo moderno, la ciudad, el futuro vergonzante. Junto al ciervo, un joven, la lucha por encontrar un camino de vida.

Rodaje de Oreina
Fotografía del rodaje de Oreina © Txintxua Films

Son las cuatro de la tarde de un viernes madrileño. En los cines Golem de Plaza España no hay mucha gente. Un puñado de personas. Los solitarios espectadores se sumergen en Oreina. Imágenes de un pueblo cercano a San Sebastián que transmiten la soledad de lo rural. Personajes que sobreviven en un hábitat en muchas ocasiones hostil hacia ellos. Una fotografía natural, como si no existiera cámara, el paso de la vida ante los ojos de quién observa con unos prismáticos a lo lejos sin intervenir.

Koldo Almandoz firma una película que retrata la cruda realidad laboral de los que se quedan en el pueblo y no caen en el éxodo rural. Dos hermanos que representan dos modelos. El que se quedó en el pueblo y se abandonó a lo furtivo, a pescar ilegalmente en la marisma, malviviendo. Mientras, que el otro se fue a París y fue profesor universitario. Mientras tanto los jóvenes intentan salir de la miseria sin éxito, a ellos se les suma el romper con lo establecido o seguir el camino marcado. Almandoz realiza un retrato fidedigno que huye de clichés e invita al espectador a observar sin juzgar. A ser la cabeza de un ciervo disecado que silencioso registra todo lo que sucede ante sus ojos.

 

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